Adán y Eva cometieron un pecado, pero su sincero arrepentimiento fue recibido con misericordia divina. Al-lah, en Su infinita justicia, los absolvió, enseñando a la humanidad una lección sobre la responsabilidad y la redención. Ninguna alma hereda las transgresiones de otra, pues cargar a alguien con los pecados del pasado sería la máxima injusticia.
Si una persona es libre en sus acciones, ¿crees que también debería asumir las consecuencias?
El Islam declara que todo ser humano nace en un estado de pureza, libre de pecado y con una inclinación natural hacia la adoración del Único Dios Verdadero. Cuando una persona peca, es ella sola quien debe rendir cuentas, pues ninguna alma cargará con el pecado de otra. Esta es la voluntad divina, una verdad innegable que subraya la justicia de nuestro Creador.
El Islam rechaza el concepto de “pecado original” y afirma claramente que Al-lah no necesita sacrificios para expiar los pecados de la humanidad.
El pecado, el olvido y la fragilidad moral son parte de la experiencia humana, pero no están fuera del alcance de la redención. Las puertas de la misericordia divina permanecen siempre abiertas. Al-lah, El Perpetuo Perdonador, El Más Misericordioso, extiende Su perdón a todos los que se vuelven a Él con sinceridad.
Si una persona se arrepiente sinceramente, Al-lah la perdona, pues Él ama el perdón y es el Más Misericordioso con Sus siervos. Sus pecados quedan entre ella y su Señor, sin necesidad de intermediarios ni confesión pública. Así, el arrepentimiento sincero es el camino a la salvación.
Una de las mayores bendiciones de abrazar el Islam es la promesa de Al-lah del Paraíso para los creyentes.
Al-lah, el Todopoderoso, dice:
“¡Apresúrense a alcanzar el perdón de su Señor y así obtener un Paraíso tan vasto como el cielo y la Tierra, el cual está reservado para quienes creen en Dios y en Sus Mensajeros!”
(Corán 57:21, Sura Al-Hadid)
Por lo tanto, el Islam enseña que cada persona puede alcanzar la salvación mediante la adoración sincera a Al-lah.
Uno debe creer en Al-lah, seguir Sus mandatos y esforzarse por llevar una vida recta en la medida de sus posibilidades. Este fue el mensaje de todos los profetas, desde Adán hasta Noé, desde Moisés hasta Jesús, culminando con la última revelación dada a Muhammad (que la paz sea con todos ellos).
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